27.2.14

Viaje al centro de la mente



SOCIEDAD /  ¿Hay experiencia más intensa que vivir como monje, meditar y no pronunciar palabra durante diez días?
Por Cecilia Martínez Ruppel

El pasado enero, durante diez días viví como un monje en un campo de Coronel Brandsen, a una hora de la Ciudad de Buenos Aires. Me desperté cada madrugada a las 4 con el sonido de un gong y medité durante once horas cada jornada intentando, en vano la mayoría de veces, no moverme. Observé el noble silencio esas 230 horas; conocí a gente sin hablar y me conocí más a mí misma. Viví de la caridad ajena, comiendo alimentos vegetarianos que cocinaron con amor personas que eligieron dar servicio y no toqué un billete, ni escribí, ni leí, ni entré a Internet, ni miré televisión, ni escuché música, ni me peiné demasiado, ni dormí en mi propia cama. Observé la naturaleza con sus picos de calor irritante, fui testigo de tormentas de temer, vi Lunas rojas y llenas, niebla y rocío, y sentí el frío antes del amanecer. Y también sufrí y fui feliz, de una manera completamente intensa y cambiante que la naturaleza reflejó en sus asombrosos vaivenes.

El lugar donde estuve se llama Dhamma Sukhada y es el primer centro en la Argentina que ofrece los cursos de meditación Vipassana, tal como la enseñaba hasta el año pasado (falleció el 29 de septiembre de 2013) S. N. Goenka o, para la mayoría de la gente, tal como la practica Julia Robert en la película Comer, rezar, amar. Se trata de una de las técnicas de meditación más antiguas de la India (basada en la sabiduría del Buda, aunque abierta a toda religión) y su nombre significa "ver las cosas tal como son en realidad"; básicamente, es un proceso de purificación mental mediante la auto-observación o, como dicen las grabaciones de Goenka que oímos durante el curso, "una operación de la mente".

Coincidencias del destino, el día que decidí inscribirme en el curso fue el mismo -me enteré al otro día- que falleció el gurú Goenka, nacido en Birmania. Fue un exitoso empresario hindú con problemas de salud que, después de probar numerosas técnicas para calmar su adicción a la morfina, se animó a intentar con Vipassana y no sólo se curó, sino que años más tarde se convirtió en uno de sus promotores más importantes y fundó una red internacional de enseñanza gratuita (vivir esos diez días de la caridad ajena, como un monje, ya lo pone a uno en un particular estado de humildad y gratitud). Yo me anoté a fines de septiembre, entonces, y hasta el 15 de enero -cuando entregué mi celular a una extraña para dejar atrás los placeres de la vida terrenal y entrar al curso- mi ansiedad creció de a poquito. Sin embargo, lo que me pareció más notable fue lo ansiosa que se puso la gente a mi alrededor al enterarse de que me iba a embarcar en ese exótico viaje, el más fuerte que experimenté, a pesar de viajar con bastante frecuencia gracias a mi trabajo en la revista Lonely Planet. Claro que, más allá de la escapada geográfica, este viaje fue hacia adentro; todos me preguntaban cómo iba a hacer para soportar diez días sin hablar con nadie o, lo que parecía peor, para estar sola conmigo. No sin miedo, yo me preguntaba lo mismo, qué monstruos internos harían su entrada triunfal en ese contexto de soledad salvaje.

Pero pasada esa semana y media tan agotadora como gratificante, puedo decir que mi pregunta ahora pasó a ser al revés: ¿cómo a la mayoría de nosotros nos da pánico siquiera el hecho de pensar en estar diez días con nosotros mismos? Debiera ser y -me di cuenta, es- algo básico y calmo, alegre y conmovedor; intenso, muy intenso. Vipassana es una técnica para agudizar la mente y erradicar el sufrimiento; según sus practicantes antiguos, "permite alcanzar las metas espirituales más elevadas: la liberación total y el pleno despertar". En la sociedad capitalista en que vivimos dormidos, muchos solemos ir tras las mismas cosas: interesa más hacerse de un auto o un celular nuevo, o evadir los problemas cotidianos e incluso a uno mismo, que armarse de una herramienta útil para afrontar los problemas de la vida de forma tranquila y equilibrada; en conclusión, experimentar la impermanencia y por ende ser feliz muchas más horas; no apegarse ni sentir aversión por nada. Es liberador, de una forma directamente proporcional a lo difícil que resultó para mi cuerpo sentarse en la misma posición once horas por día, pero valió la pena. De hecho, sigo con la práctica, la recomiendo y espero en el futuro repetir la experiencia.

Al finalizar cada meditación, los estudiantes repiten "Sadhu" tres veces, algo así como "Estoy de acuerdo", o "Bien dicho". Es en respuesta a la voz de Goenka que dice tres "Bhavatu sabba mangalam". Significa "Que todos los seres sean felices".


M. Ruppel es periodista, ex editora de Newsweek Argentina y editora de la revista Lonely Planet. 

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